Estar en casa de mis padres me da acceso a consultar viejos libros que no llevé conmigo a Bilbao por su gran envergadura. Así que esta mañana, después de desayunar e intercambiar mensajes de buenos días y llamadas de amor, me he sumergido en el maravilloso mundo del trastero familiar que, aunque parezca imposible por la cantidad de cosas almacenadas, mi madre lo mantiene ordenadísimo y sin la más mínima mota de polvo. Colocados en estanterías de exposición como si se tratara del museo de los horrores, puedes encontrar objetos que van desde trofeos escolares de atletismo, juegos de rol, mantas que no recuerdo haber visto nunca, regalos absurdos del BBVA jamás usados, álbumes de fotos que mejor no abrir, discos, libros, apuntes de la carrera, una plancha que no funciona, la primera Playstation y un sinfín de cosas que ya os podéis imaginar (incluyendo el mítico juego Magia Borrás).
En mi reencuentro con el pasado familiar hoy me he quedado con una biografía de Elsa Schiaparelli que, después de la cansina exposición “Surreal Things” de la TATE Modern postrada en la tercera planta del Guggenheim casi ocho meses, me apetecía volver a hojear y retomar datos que ya tenía olvidados de la diseñadora que puso el mundo de la moda patas arriba en la década de los 30.
Elsa nació en Roma en 1890. Era la segunda hija de una familia culta y bien posicionada y, aunque pudo ir a la escuela -privilegio del cual no todas las niñas de la época podían disfrutar-, nunca aprendió un oficio. Desde joven fue muy aficionada al teatro, la música y el arte y fiel seguidora y amante del radical movimiento futurista, pero ninguna de estas pasiones cuajó y terminó estudiando filosofía y cultivando un amor ferviente por la poesía. Arethsa, su libro de poemas, gracias al arrebato que destilaba fue elogiado por la crítica y a su vez vilipendiado por su familia, la cual también negaba la aprobación a los pretendientes que la futura modista les presentaba.
Schiaparelli a sus 23 años no era guapa, pero había recibido una educación exquisita y tenía un carácter dulce, obstinado y muy sensible, lo que atraía a los hombres por encima de su obstinada belleza. Sus padres la enviaron a Inglaterra a ayudar a una dama caritativa a construir un orfanato de orientación progresista y, durante su estancia en Londres, tras una conferencia sobre teosofía, fue presentada al conde William de Went de Kerlor. Al día siguiente ya estaban prometidos, y alarmados, los ancianos padres de Elsa, no pudieron impedir que su hija contrajera matrimonio a principios de 1914.
Elsa había tomado un camino difícil. William, medio bretón, medio suizo-francés y con antepasados eslavos poseía una increíble belleza que, combinada con su propensión al misticismo, atraía de un modo apabullante a las mujeres. El conde tenía por costumbre usar estos recursos cuando tenía la necesidad de alimentar su ego, lo que potenció poco después de la boda. Había estallado la guerra y en Inglaterra las conferencias en francés estaban de más, por lo que el matrimonio vivía en aquellos momentos de la dote de Elsa. En 1915 se trasladaron a Niza alejándose del conflicto bélico, del cual el conde se había librado por su origen suizo, pero éste no supo disfrutar de su refugio en la Riviera ya que su orgullo intelectual se veía truncado por el hecho de no tener empleo. Al poco tiempo decidió tomar su camino y abandonó a Elsa a su suerte.
En este punto, por increíble que parezca, existe una laguna de cuatro años en la vida de Schiaparelli sobre los que ella nunca habló ni escribió. Esta razón es por la cual no sabemos qué motivo llevó a los Condes de Kerlor a trasladarse a la ciudad de Nueva York en la primavera de 1919. William parece ser que no acabó de adaptarse a la vida Norteamericana y su vida empezó a ir a la deriva. Triunfó únicamente con sus clases privadas de filosofía, frecuentadas por entusiastas admiradoras, las cuales dieron fruto de un romance con la bailarina Isadora Duncan.
Schiaparelli sostenía a sus 29 años una situación que no podía ser más difícil, cuando tuvo a su hija Yvonne, más conocida como Gogo. Pocos meses después se divorció de su marido y durante la búsqueda de empleo, conoció a artistas como Duchamp y Man Ray en la galería de Alfred Stieglitz. Elsa, que no estaba acostumbraba a echar raíces con facilidad, se sintió desde el principio muy a gusto en este grupo, dónde era apreciada por su afán de conocimiento y su carácter.
Tras un breve romance con un tenor italiano, víctima repentina de una letal meningitis, Elsa se encontró de nuevo con su hija y con todas sus necesidades al descubierto. En 1922 una amiga íntima le ayudó a mudarse a París, dónde estrechó lazos con artistas como Man Ray, que había conocido en Nueva York. París se reunía a beber y a bailar en Le Boeuf sur le Toit, en donde era fácil tropezarse con Picasso, Cocteau, Francis Picabia, Igor Stravinsky y, como no, Coco Chanel, eterna enemiga de Schiaparelli que por aquel entonces ya saboreaba la miel del éxito.
La carrera de la diseñadora comenzó cuando conoció al zar de la moda en aquella época; Paul Poiret. Asistió a un desfile de alta costura acompañando a una millonaria norteamericana donde, tras el desfile, fue sorprendida por el mismísimo Poiret probándose un abrigo de terciopelo negro con alegres rayas y forro azul brillante en raso de seda. “¿Por qué no se lo compra?” le preguntó el maestro, a lo que la italiana le respondió que no podía permitírselo y, además, no tendría ocasión para lucir una prenda tan elegante. “Déjese de tonterías. Una mujer como usted puede llevar cualquier cosa en cualquier ocasión. Y deje de preocuparse por el dinero…” Aquel abrigo fue el primero de los regalos que Poiret, que siempre fue un hombre generoso, le hizo. Pero el más importante fue el reconocer su creatividad y animarla a convertirse en diseñadora de moda.
En la puerta de su primera tienda, en la Rue de Paix, Elsa escribió “Pour le Sport”. Quería vestir a la mujer moderna con el estilo desenfadado que había conocido en EE.UU., prendas sueltas y funcionales combinables entre sí. Una familia armenia convertía los diseños de Elsa en perfectas confecciones hechas en punto, colecciones precursoras al prêt-à-porter, término que aún no existía. Estos modelos encontraron especial aceptación en Norteamérica y, entre sus clientas de todo el mundo, se encontraban Anita Loos, Katherine Hepburn, Joan Crowford y Greta Garbo.
El curso de la Moda Schiaparelli sigue su camino y, llegado un momento, hasta la mujer más práctica del mundo tiene necesidad de deshacerse de su ropa laboral y enfundarse un traje de noche. 1933 es el año en el que Elsa diseña su primer vestido de largo, una estrecha columna de crespón de China blanco combinada con una chaqueta de frac, cuyos faldones estaban cruzados en la espalda. El resultado fue un éxito clamoroso e imitado en todo el mundo, lo que marcó la entrada de la diseñadora en el mundo de la alta costura.
La época de máximo esplendor para ella transcurrió en un periodo de cinco años, desde la apertura de su salón hasta el estallido de la II Guerra Mundial, en 1939. Grandes herederas como Nancy Counard o Daidy Fellowes, abandonaron diseños de Chanel y Patou para caer rendidas ante las creaciones de Elsa. La prensa se deshacía en elogios sobre su creatividad, su valor y su originalidad, y los artistas se dejaban cautivar por su magia. La diseñadora adaptó los principios surrealistas a la moda separando los objetos cotidianos de su entorno habitual y mostrarlos en un contexto plenamente nuevo. El tocado en forma de zapato que muestra una suela roja descaradamente hacia arriba o los guantes con uñas doradas son muestras de los trabajos de la época, junto con el mítico “vestido andrajoso”, un traje de lujo para ocasiones especiales con un estampado que hacía pensar que estaba muy usado. La capa que lo acompañaba estaba decorada con rotos auténticos, con lo que el escándalo estaba asegurado (¿precursora del punk?).
Artistas como Dalí colaboraron en sus creaciones. Éste diseñó los estampados ajados para el vestido citado anteriormente y pintó un enorme bogavante sobre una tela blanca con la que Schiap,como la apodaban sus amistades, hizo un maravilloso vestido de noche. Su afición por las bromas surrealistas hizo que fuera la compañera ideal de cualquier artista de la época. La diseñadora se inspiró en Picasso cuando estampó telas con artículos de periódico (años después fue homenajeada por Galliano), y Jean Cocteau diseñó divertidos y poéticos dibujos para sus bordados, unas auténticas obras de arte. La empresa Lesage supo estar a la altura de las demandas de Elsa, lo que dio como resultado piezas dignas de estar en un museo, hoy día muy buscadas en el mundo.
El arte siempre fue un punto fuerte para la creación en las colecciones de la diseñadora. “Detente, mira y escucha”, “Música”, “Circo”, “Astrología”, “Pagar y llevar” fueron algunas de las colecciones con las que la diseñadora se superaba a sí misma no sólo en la creación, sino también en la presentación de las mismas con una puesta en escena que convertía los desfiles en increíbles espectáculos teatrales como no volverían a verse hasta Kenzo o Galliano. Esto la convirtió definitivamente en la niña mimada de la prensa, cosas que a fastidiaba especialmente a Chanel.
Aunque muchas publicaciones reclamaban para ella el título de artista, la propia diseñadora se negó siempre a considerarse como tal: “En mi casa hay dos palabras prohibidas: artístico e imposible”. Para Elsa el único modisto que podía llamarse artista era Poiret, del que había aprendido mucho y heredado esa afición por los colores atrevidos. Su más célebre creación fue “Shocking Pink”, un rosa brillante que se utilizó en paquetes, barras de labios e incluso capas de noche bordadas. Su máxima aspiración fue causar sensación, por lo cual su última colección se llamó precisamente “Shocking Elegance” y su biografía “Shocking Life” (1954). Su perfume más preciado, también llamado Shocking, salió al mercado en 1938 y con él se relaciona una anécdota que, por supuesto, contribuyó a las ventas: parece ser que la artista Léonor Fini había diseñado el frasco tomando como modelo el torso de costura con las medidas de Mae West que la actriz había enviado a Schiaparelli.
Nada fue imposible para Elsa; usó aspirinas para confeccionar collares, convirtió plástico e insectos en materia prima de bisutería, decoró trajes de alta costura con rudas cremalleras (precursora del punk… ahora sí) y elaboró vestidos con los últimos y novedosos materiales sintéticos e industriales como celofán o rodofán. La modista creía que los botones eran aburridos, así que los transformó en pequeñas esculturas: grillos, caballitos amaestrados, faldas abiertas con piernas de bailarinas de can-can francés, trapecistas, coronas o terrones de azúcar. Su creatividad era inagotable, pero su gran mérito fue “haber revolucionado la moda entre 1930 y 1940” sin ningún tipo de preparación profesional previa. Sus prendas eran combinables entre sí, chaquetas abiertas, pantalones capri, líneas suaves y redondeadas. Hasta sus célebres boleros eran más que un complemento de lujo, pues su función era proteger los hombros y los senos, que, según la creadora, son las partes más vulnerables del cuerpo femenino.
Durante la guerra, Schiaparelli huyó a EE.UU., y no volvió a Francia hasta 1945. En esta época, la modista que nunca había querido someter la imaginación y la creación a exigencias comerciales, se vio hundida con problemas comerciales cada vez más acuciantes. Sus modelos no eran adecuados para tiempos de posguerra. Hasta su muerte, en 1973, vivió de las rentas derivadas de sus perfumes, cuyas licencias conservó siempre, pero su carrera de diseñadora terminó en 1954, precisamente cuando la mismísima Coco Chanel regresaba a París, tras 15 años de exilio.









me encanta eso de que las exposiciones estén «postradas».Qué retruécano lingüístico!
😮